miércoles, 1 de mayo de 2013

CAPÍTULO 1: Un Rumbo Desviado



Capítulo 1



               Dos días habían transcurrido desde que el transatlántico zarpó en Nueva York con rumbo fijo a las Bahamas. El Royal American era unos de los cruceros mejor preparados en seguridad y salvamento que tenía la Royal Line. Aquel día iba a ser fácil de recordar para todos los que se encontraban en ese barco. Desde hacía varias horas, habían entrado en una zona de  intensa marejada, y esta se acentuaba más y más cada milla que navegaban. Las olas llegaban a erguir el barco por completo y hundirlo entre las sacudidas de la marea. Horas después, el miedo y el pánico se apoderaron de todos los pasajeros y la tripulación. De repente, ante la mirada del capitán, el puente de mando junto con todas las demás salas del barco, quedaron sumidas en una completa oscuridad. Aquel apagón hizo que reinara el silencio en todo el barco en un instante. Todo el mundo permaneció inmóvil esperando a que el sistema se restableciera. Para sorpresa de la tripulación, ni los generadores de emergencia, ni los motores del buque continuaron su marcha.



El capitán mandó a un grupo de la tripulación a conectar los generadores manualmente y también que revisaran y aseguraran todos los compartimentos que se encontraban por debajo de la línea de flotación. Cuando los marineros pasaban por el pasillo principal que llevaba a la sala de maquinas, tan solo uno de ellos se percató de un extraño sonido procedente de uno de los camarotes de carga. Se separó de los demás, y mientras conectaba la linterna, se introdujo en uno de los estrechos pasillos por el cual, aquel sonido se iba acentuando con cada paso que daba. El resto obedeció al capitán, y consiguieron accionar la palanca del generador devolviendo la electricidad  y parte del control del buque a la sala de mando la que, una vez operativa, comenzó a emitir la alarma de emergencia. El buque corría peligro.



               El marinero llegó al final del pasillo y probó la manilla de la puerta, estaba atascada, pero desde fuera aún se escuchaba aquel intrigante estruendo. La golpeó con su cuerpo repetidas veces hasta que esta cedió, y observó, atónito, cómo una gran masa de agua se desplomaba sobre él entrando en el pasillo y en los compartimentos. La energía que tenían en el puente de mando era escasa y ni la radio ni el radar parecían funcionar. Aquel buque estaba hundiéndose a gran velocidad. El agua ocupaba lentamente todos los pasillos; mucha gente quedó atrapada en sus propios camarotes.



               Antes de que siguiera sumergiéndose e inclinándose poco a poco hacia proa, el capitán ordenó que todos los pasajeros subieran a cubierta. Comenzaron a bajar las balsas salvavidas las cuales contendrían solo a la mitad del pasaje. Cada una estaría gobernada al menos por un miembro de la tripulación con la intención de que no tomaran un mal rumbo una vez que navegaran a la deriva. Las mujeres y los niños ocupaban las primeras balsas, pero al ser el grupo más reducido, llenaron tan solo tres. En las otras embarcaron los rezagados y algunos de los pasajeros que se peleaban por una plaza.



               Una vez depositados en el océano, desde el bote número dos, los veinte pasajeros observaban, entre los llantos de un bebé que viajaba a bordo con su madre, cómo aquel barco se iba hundiendo y las demás balsas salvavidas quedaban a la deriva. Cuando llegó el ocaso de aquel día, todo había desaparecido en el horizonte, una corriente los había separado por completo arrastrándolos al profundo océano. El que gobernaba aquella pequeña embarcación que esperaba ser rescatada, encendió un farolillo que colgaba de proa e iluminó a todos los que estaban a bordo, dejando el resto del océano sumido en una profunda oscuridad. El bebé lloraba, y los pasajeros se miraban con cara de angustia, desolación y tristeza.



-Soy el primer oficial del Royal American -exclamó llamando la atención de todos-. Me llamo Steve McCauley, quería deciros que en cuanto salga el sol veremos más claras las cosas. Estas balsas llevan latas de conservas para mantenernos a todos aquí unos tres días. Pero os puedo asegurar que en estas aguas, antes nos habrán encontrado.


-Señor -interrumpió un pasajero-, me llamo Michael Craft, soy policía de Nueva York. He perdido a mi hija en ese barco, y creo que todos los que estamos en este bote necesitamos algo más que unas simples palabras de consolación… No creo equivocarme al decir que la corriente nos ha introducido aún más en el océano y mañana volveremos a levantarnos en medio de la nada mientras seguimos a la deriva…

- ¿Qué vamos a hacer entonces? -Dijo la mujer que sostenía al bebé-. Me llamo Lindsay Morrow y creo que estaremos de acuerdo en que si seguimos sin hacer nada nunca nos encontrarán. No puedo quedarme con mi bebé en mitad del océano- El primer oficial se llevó las manos a la cabeza.

           -En cuanto amanezca sabremos qué hacer, ahora creo que debemos descansar después de todo lo ocurrido…



Aquella noche fue sin duda la más larga para Michael Craft. Su hija de seis años quedó atrapada en los camarotes mientras el agua inundaba el primer piso. Cuando las alarmas saltaron, se percató de que no estaba a su lado, bajó a los camarotes y vio cómo la entrada estaba inundada; aquella masa de agua la había sepultado. Los demás tampoco presentaban buenas caras, muchos de ellos aún lloraban. Ver el amanecer parecía imposible. Uno de los pasajeros fue el primero en levantarse para observar el horizonte.



-¡Disculpe! -Interrumpió Michael a aquel señor que no tenía menos de sesenta- ¿Ha conseguido ver algo?

-Llámame Thomas. Sinceramente, nada de nada, y eso que uno tiene el cuerpo acostumbrado a madrugar, en el ejército se me quedaron muchas costumbres.

- ¿Es usted militar? -Preguntó.

-Joven, si pregunta si lo soy, la respuesta es no, pero si se refiere a si lo fui,  le diría que fui teniente del ejército de tierra, pero ahora soy un náufrago como usted señor Craft. Si me permite comentarle, he estado pensando que si remamos alrededor de unas siete millas a babor, calculo que conseguiremos salir de la corriente y al menos podríamos movernos en busca de tierra.



Pronto despertaría el oficial y el resto de los tripulantes. Todos actuaron tal y como el señor Thomas indicó y, efectivamente, el bote consiguió salir de aquella corriente. La tarde se echó encima en prácticamente poco tiempo y el cielo se tiñó de rojo anaranjado.

-No quiero verme otra vez en esa oscuridad -dijo una chica que había permanecido todo el rato tumbada desde que embarcó en el bote.

-¿Cómo te llamas? ¿Estás bien? -Preguntó Lindsay mientras mecía al bebé.

-Me llamo Claire. Mi madre…  -varias lágrimas resbalaron por su cara.

-Tranquila me tienes aquí, ven conmigo.

En ese momento, justo antes de que oscureciera por completo, Thomas gritó:

-¡Mirad, Mirad! -Señaló al horizonte-. Todos se agolparon tras él viendo como una gran isla aparecía ante ellos. Aunque oscura, podía diferenciarse una gran playa que se extendía lo que parecía ser algo más de unos cinco kilómetros. Las palmeras salían de aquel frondoso y salvaje bosque coronando la isla.

-Dejadme un momento -dijo Steve mientras sacaba un llavero que tenía una pequeña brújula en el extremo-. Está al noreste, aunque oscurezca mantendremos el rumbo fijo en esa dirección.

Mientras observaban aquel islote, todos dejaron caer una leve sonrisa, la primera desde el accidente. Todos sabían que esa era la única manera de poder sobrevivir.



Bien entrada la madrugada, Michael aguantaba el timón del bote en la dirección indicada en la brújula. Todos estaban tumbados: Lindsay hablaba con Claire, Thomas hablaba con Steve y el resto de pasajeros respiraban. Nadie conciliaba el sueño tras tanto ocurrido. Michael observó que uno de los pasajeros no había hablado con nadie y permanecía apartado de los demás. Tras varias miradas este se levantó acercándose a Michael.

-Hola señor agente. ¿Vamos en la dirección correcta?

-Creo que sí, aún seguimos rumbo al noreste.

-Te llevo observando desde hace un rato, novato. No creo que sepas mantener el rumbo. Déjamelo a mí -dijo mientras le quitaba el timón.

-¿Qué haces? -Exclamó Michael mientras lo apartaba de un empujón-. Vas a conseguir que nos desviemos.

-Hazte a la idea de que aquí ya no eres policía, y ahí donde estas vas a durar bien poco -dijo mientras sus miradas se volvían a cruzar con gesto enemistado.



Al amanecer, todos los pasajeros se hacían la misma pregunta, aquella con la que dejaban claro que las cosas no estaban saliendo tan bien como parecían: “¿Cómo es posible?”. La Isla había  desaparecido por completo ante ellos a pesar de haber mantenido el rumbo toda la noche. Todos intentaban buscar una explicación, cuando de repente Michael no pudo contenerse.

-Anoche aquel tipo forcejeó conmigo por coger el timón, no es de extrañar que nos haya desviado del rumbo.

-Para empezar, el ‘’tipo’’ tiene nombre. Me llamo George -Respondió en tono soberbio mientras aparecía entre la multitud-. Más probable veo que seas tú solo el que nos haya desviado… Un novato no tiene ni idea de cómo manejar un barco. ¿Te crees nuestro jefe? Amigo, hazte la idea de que no pienso seguir tus órdenes.



Thomas y el oficial quisieron calmar la situación en la balsa. Llevaban muchas horas a la deriva y tantas personas compartiendo un espacio tan pequeño empezaba a hacer mella en el estado de ánimo. Además de eso, aquellos pequeños metros que tenían vida humana en mitad del mar eran reinados por la desilusión de haber perdido la única oportunidad que habían tenido de abandonar el mar.


-Lo siento Steve, no debí dejar que ocurriera… No sé cómo pude variar el rumbo hasta perderla de vista -dijo Michael al primer oficial.

-No es culpa tuya. Las cosas aquí se magnifican y se hacen más difíciles.

-¿Por qué nos ha pasado esto?

-A menudo encontramos nuestro destino por los caminos que tomamos para evitarlo -añadió Thomas a la conversación mientras extendía las mantas para la noche-. Tomémonos esto como una prueba que hay que superar, señor Craft -Afirmó con seguridad el viejo militar mientras sonreía.



               Alrededor de la misma hora, cuando la noche comenzaba a imperar sobre el atardecer, aquella isla que apareció de la nada y desapareció inexplicablemente, volvió a presentarse ante la balsa y la mirada de todos sus  atónitos ocupantes. Esta vez estaba muy cerca de ellos y podrían alcanzarla. Pusieron rumbo a toda prisa para evitar que la oscuridad los volviera a cegar. Media hora después, aquel bote quedó encallado en la arena para sorpresa de todos. Cuando los veinte supervivientes del Royal American pusieron sus pies en tierra firme con la alegría de haber superado la prueba, aún desconocían lo que les guardaba el interior de la isla.