miércoles, 15 de mayo de 2013

CAPITULO 3: LA ÚNICA ESPERANZA



CAPÍTULO 3

            Me llamo Daniel Johnson, tengo veinticuatro años, y soy licenciado en periodismo. Nací en un pequeño pueblo cerca de California, aunque hace mucho que no vivo allí. Trabajo para el periódico USA Today, el cual me mandó a realizar un reportaje sobre el famoso y exitoso crucero Royal American, ya que tengo cierta experiencia en reportajes de viajes. Junto a mí, viajaba mi amigo David, experto en economía, quien me iba a ayudar con el tema de los gastos e ingresos que tenía el barco.
            Sin embargo hace menos de una semana debido algunos problemas los cuales, a día de hoy siguen siendo un misterio, provocaron que aquel majestuoso barco se hundiera. Cuando todas las alarmas saltaron corrí para tener sitio en alguna de las balsas salvavidas que estaban organizando con la esperanza de poder salir vivo de allí y poder así, con la ayuda de David, contar lo ocurrido.
            Pude ver cómo él embarcó en una de las balsas, y cómo se alejaban poco a poco del barco que se iba hundiendo conmigo aun abordo. Finalmente, conseguí un hueco en una de ellas, con la esperanza de volver a verle y poder contar a los estadounidenses lo ocurrido.
            La corriente alejó nuestra balsa. Nos quedamos solos en mitad de la nada. Yo me dedicaba a visualizar todo lo que ocurría a mí alrededor: un policía que quería llevarnos a una isla que apareció ante nosotros, una mujer con un bebé que no paraba de llorar, un hombre solitario y bastante pensativo… Yo lo único que deseaba en ese instante era un bolígrafo para apuntar todo lo que veía, pues el mío lo había perdido dentro del Royal American. Eso sí, la libreta siempre la llevo encima.
            Han pasado tres, o cuatro días, no lo sé bien, pues he perdido completamente la noción del tiempo. La gente se ayuda los unos a los otros: construimos cabañas, pescamos, aprovechamos todo lo que encontramos… Yo sigo sin perder la esperanza de que mi amigo David nos encuentre.
            Ayer por la tarde apareció un hombre casi ahogado de raza negra, calculo que de unos treinta y cinco años de edad, con una camiseta sin mangas de color blanca, aunque bastante ennegrecida. Sus pantalones estaban llenos de agujeros con muchas heridas. No llevaba calzado, y las uñas de los pies parecía que llevara meses sin cortárselas.
Una de las pocas cosas buenas que me han ocurrido ha sido que uno de los supervivientes, George, me ha regalado el bolígrafo con el que escribo esto. Aquel tipo despertó esta mañana, por lo que sé, solo dijo una frase: “Si no salimos de la isla, estamos todos muertos”. Tras esto, el hombre empezó a dar gritos, y a mirarnos con cara de pocos amigos, hasta que Michael, el policía que antes mencioné, lo calmó y le dejó que volviera a descansar. Ahora este náufrago se ha vuelto a despertar. Parece más calmado, aunque nos sigue mirando con cierto odio, cosa que aun no alcanzo a entender puesto que le hemos salvado la vida…

            Me llamo Jack Rivers. Cuando llegué aquí tenía treinta y cuatro años, ahora seguramente treinta y cinco, pues llevo aquí casi un año perdido en esta isla. Trabajaba como contable en la empresa de mi padre. Yo iba en un lujoso crucero con mi mujer y mi hija, estábamos de vacaciones, las primeras que tenía en toda mi vida. Pero el barco tuvo una extraña avería y naufragó, mi familia no pudo salvarse. Yo aun no sé cómo pude meterme en una de las balsas, pero perdimos el rumbo y desembarcamos en esta isla.
           ¿Por qué antes has dicho que vamos a morir todos? Preguntó Michael.
           No tengáis esperanzas de que alguien venga a rescataros, pues en un año
no ha pasado ni un solo avión, ni barco, ni he visto posibilidad de salir. No sé dónde estamos exactamente, pero podéis estar seguros de que nadie sabe que estamos aquí.
           ¿Y qué debemos hacer? ¾Volvió a preguntar Michael.
         Puedo enseñaros algo, pero el cruzar la selva es algo que será peligroso. Habría que viajar al otro lado de la isla. Con mi ayuda quizás podremos alcanzar la otra orilla, he aprendido mucho y conozco el bosque como la palma de mi mano, pero por ello os digo que el peligro nos acechará en cada esquina.
            ¿Y qué tenemos que hacer una vez que lleguemos a la otra orilla? Insistía Michael.
          Lo primero que debéis de asumir es que sois muchos y no todos llegaremos con vida, nos esperan al menos tres días de viaje.
— ¿Has estado solo todo este tiempo?
—Mis compañeros me traicionaron. No sé en qué momento deje de serles útil, así que me golpearon y me arrojaron al mar. La corriente al parecer me ha traído hasta aquí, pero algo he aprendido Dijo mirando algo desafiante Esta vez seré yo el primero en salir de esta isla.
            Tranquilo Dijo Thomas. Prometo que serás el primero siempre que les ayudes, a mí tener billete de vuelta no me importa, ya soy un viejo que no tiene mucho que ofrecer.
            No diga eso le reprochó Steve.
            Sea como sea, Jack Rivers, serás nuestro guía para salir de aquí.
            Está bien. ¡Atención!Exclamó Michael mirando a todos los supervivientes. Vayan recogiendo las cosas, mañana por la mañana saldremos de aquí a primera hora. Hay que descansar, nos espera una larga travesía, solo Dios sabe qué cosas nos podemos encontrar. Es muy importante ayudarse los unos a los otros, como llevamos haciendo estos días.

            Yo estaba al lado de George cuando Michael terminó esas palabras. Por su cara, aquel discurso no le hacía mucha gracia. Me miró en ese instante y me susurró: “Si ese novato cree que puede darnos órdenes, mal empezamos”. Por un momento, le comprendí.

            Todos pasaron la noche a la luz del fuego. Jack les había enseñado algunos trucos como pescar con las manos, o incluso qué hojas podían comer y cuáles no. Aquel miedo parecía tener al principio lo había dejado atrás. El resto parecía estar más contentos sabiendo que al menos, había algo de esperanza. Algunos aun seguían decepcionados y algo tristes por todo lo ocurrido, pero la idea de la aventura y posterior rescate, tuvo buena acogida. Michael, en cambio, parecía bastante más callado de lo habitual, estaba muy pensativo, cabizbajo y sin ganas de celebrar la noticia.
            ¿Te encuentras bien?—Dijo Claire sentándose a su lado.
            La verdad es que no mucho, ayer por la tarde vi algo que todavía aun me quita el sueño. Vi a mi hija, Claire, pude reconocerla, aun tenía hasta la ropa que llevaba la última vez que la vi.
            Todos estamos asustados Michael, pero debes pensar que todo esto acabará pronto.
         Pero aun pienso si seguirá viva o no. Mi hija era lo único que me quedaba. Mi mujer murió fue asesinada y por mucho que investigué nunca pude dar con su asesino…
           Mi madre Claire miró hacia abajo, dejando que inevitablemente se le escaparan un par de lágrimas, mi madre murió también en el crucero. No sé qué le pasó, pero cuando todo ocurrió la encontré tirada en cubierta, al parecer estaba muerta cuando de repente unos marineros me sujetaron y me metieron en la balsa. Jamás olvidaré esa imagen, es lo peor que veré en toda mi vida. No me dio tiempo si quiera a comprobar si aun vivía o no, a lo mejor podía haberla salvado. Al fin y al cabo ambos conservamos la misma esperanza de que los que queremos sigan vivos.

            Es de madrugada. Apenas puedo dormir pensando lo que nos deparará la selva. El reportaje ha pasado de ser sobre el Royal American, a ser una novela de aventuras. No soy el único que no puede conciliar el sueño, George, uno de mis dos compañeros en la cabaña, esta igual que yo.
            Mi querido periodista, ¿qué tal te va el bolígrafo?
            Genial George. Gracias a ti, en cuanto salgamos de la isla, con este reportaje me podre comprar un coche nuevo—Dijo Daniel bromeando.
            ¿Aún crees que vamos a salir de la isla?
           Sigo teniendo esperanza.
         A mí nada me espera nadie ahí fuera. Te confesaré algo querido amigo, pero tienes que prometerme que no lo publicarás en tu reportaje. Yo no viajaba en el crucero, me colé en él por asuntos de trabajo, digamos que mi ‘’empresa’’ me quiere despedir. Me monté en el barco con la intención de alejarme del mundo. Y veo que lo he conseguido.
            ¿Y qué ocurrirá si salimos?
           Prefiero no pensar en ello—Añadió cortando la conversación.

            En otra de las cabañas, Michael hablaba con Jack.
Puedes quedarte esta noche con nosotros. Hay suficiente espacio para uno más.
Gracias, pero estoy más que acostumbrado a dormir con el aire fresco de las noches de la isla.
Como quieras. Pero antes quiero preguntarte una cosa, ahora que Steve y Thomas están dormidos. Ayer por la tarde, antes de que te encontráramos, vi la silueta de mi hija. No era ella en persona, era como… como un fantasma. Quise tocarla, pero se desvaneció. ¿Te ha ocurrido algo parecido?
Amigo Michael, llevo un año en esta isla, y todavía sigo descubriendo cosas inexplicables sobre ella. No tengo ni idea de qué puede ser, pero lo investigaremos.
Muchas gracias. Si te arrepintieras de dormir fuera vuelve cuando quieras.

Así transcurrió la noche, unos con la esperanza de volver a casa en poco tiempo y otros con cierto interés de que eso no ocurriera. Pero todos tenían algo en común, no sabían lo que la isla le tenía guardado para ellos.
A la mañana siguiente, un murmullo despertó a Michael muy temprano. Levantó a Thomas y a Steve percatándose de que su pistola, la única arma que poseían los supervivientes, había desaparecido. Ninguno sabía dónde estaba. Los tres salieron fuera de la cabaña a toda prisa, pero no fueron los primeros.
Todos rodeaban algo que les dejaba con cara de preocupación y sorpresa. Michael apartó a George y Daniel para poder contemplar lo ocurrido, y allí encontró su pistola tirada en la arena y Jack había sido asesinado con ella.

miércoles, 8 de mayo de 2013

CAPÍTULO 2: El Invitado



Capítulo 2

Comenzaron a sacar las pocas latas que quedaban aún dentro de la balsa. Era una comida segura que los alimentaría el primer día mientras investigaban la playa y parte de aquel bosque. La noche aún se cernía sobre ellos.
—¿Ya está todo? —Preguntó Michael a Thomas cuando habían terminado de sacar todas las latas del bote— Bien, esperaremos al amanecer, ahora sí tendremos posibilidades. Mientras estemos en la playa podremos ser vistos por algún avión o algún barco que pase cerca. Steve, Thomas, entremos a la selva a buscar algo de leña para hacer una hoguera. Los demás permaneced aquí.

—Sí, claro para que te lleves tú los méritos ¿verdad, jefe? —Interrumpió George— Iré con vosotros, no pienso quedarme en la playa. 

Ataron unas camisetas a unos leños que había en la playa y con ello hicieron dos antorchas. Ya internados en el bosque, poco a poco la playa iba desapareciendo a sus espaldas y comenzaron a escuchar todo tipo de sonidos que albergaba el bosque.
—Espero que luego sepamos volver de donde nos estemos metiendo —dijo Steve mientras apuntaba con la antorcha a un lado y a otro.

—Tranquilo, todo está controlado ­—respondió Thomas.

Ya hacía diez minutos que habían dejado la playa tras ellos y ya tenían los suficientes materiales para hacer la hoguera, cuando de repente, algo llamó la atención de los cuatro exploradores. Parecía como si alguien en aquel bosque les persiguiera desde hacía largo rato. Michael mandó a callar en un gesto de silencio. Adelantándose, se acercó al sitio de donde había surgido aquel ruido, apuntó con la antorcha a aquellos matorrales y, de repente, aquella cosa comenzó a correr hacia el interior del bosque. Sin pensarlo, Michael empezó a seguirlo.
— ¿Dónde vas? —gritaron los demás mientras veían cómo se perdía en el interior del bosque. Michael no respondió, y continuó con su carrera.

Cuando llegó a un claro ya estaba agotado de la persecución y al parecer aquella cosa había sido más rápida que él. Levantó la cabeza mientras se secaba el sudor de la frente. Vio la silueta de una niña frente a él a unos metros de distancia. Pudo reconocer su pelo, rubio como los salientes del sol, sus ojos verdes, iguales que su madre, y hasta la ropa que llevaba la última vez que la vio: ese vestido naranja que tanto le gustaba a ella. No había ninguna duda: era su hija. A Michael se le heló la sangre. Aquella silueta extendió la mano y, cuando Michael quiso hacer lo mismo hacia ella, se desvaneció.
— ¿Qué haces aquí? —dijeron los demás entre jadeos. 

—Nada, volvemos al campamento — Ordenó Michael, aún exhausto mirando en los alrededores del bosque.

La mañana permitió a todos los supervivientes organizar las cosas en la playa. Algunos ya habían comenzado a construirse con maderas y hojas cabañas para poder dormir las noches venideras hasta ser rescatados. Otros habían conseguido pescar algo para la comida y habían recogido algo de fruta de la isla. El fuego que habían encendido no se apagaba ni durante las horas del día, todo era poco para intentar ser vistos por cualquier barco o avión que circulara por la zona.
—Michael, pareces preocupado ¿Ha pasado algo? —dijo Lindsay mientras se acercaba con su bebé a la zona donde el policía tenía sus cosas.

—No te preocupes, estoy bien, solamente cansado, nada más…

—Estás realizando mucho esfuerzo por nosotros. Descansa, te vendrá bien. Aquí hay mucha gente que ayuda por los demás. George, por ejemplo, ha construido dos cabañas bien grandes, en las que hemos calculado que pueden dormir cuatro o cinco personas.

—No me fío de George. Habrá que mantenerle vigilado…

En ese momento, algunos desde la isla empezaron a gritar. Michael se levantó al instante y vio como todos se acercaban a la orilla. Al acercarse, observó cómo había un cuerpo flotando en el agua. Lo sacaron a la orilla, pudiendo comprobar que estaba completamente inconsciente.
—Está vivo —dijo Michael tras comprobarle el pulso—. ¿Hay algún médico?
Todos se miraban esperando a que alguien levantara la mano.

—Déjame a mi —Exclamó Lindsay acercándose al cuerpo—. Soy enfermera, y conozco primeros auxilios. 

Lindsay le realizó varios masajes cardiacos a aquel hombre de raza negra, que comenzó a respirar poco a poco, expulsando toda el agua que había ingerido. En ese momento se desvaneció nuevamente.
—Necesita descansar, llevémoslo a la playa y pongámoslo a salvo —dijo Michael. Sin embargo, horas después aquel individuo seguía tumbado en la misma postura en la que lo dejaron.

Comenzaba a hacerse de noche y muchos hablaban de aquel extraño que había aparecido de la nada. Michael, en cambio, aún seguía pensando en la extraña visión que había tenido en el bosque. Por un instante pudo ver a su hija Amy antes de que se desvaneciera. La idea de que todavía estuviera viva y, por tanto, de poder salvarla, le rondaba la cabeza, pero su sentido común sabía que no podía haber sobrevivido al hundimiento y que la visión no era más que una secuela de todo lo vivido.
— ¿Quién será ese tipo? — Preguntaba Steve mientras se sentaba junto a Michael y Thomas.

—Hemos pensado que será algún superviviente del naufragio —añadió Thomas.

—Es imposible, el barco lo dejamos a cientos de millas de donde estamos ahora. Es impensable que una persona haya sobrevivido noche y día flotando en el mar.

—Entonces, ¿qué sugieres que ha pasado? —preguntó Michael a Steve.

—Según lo que puedo saber, la única posibilidad de que haya sobrevivido al hecho de flotar en el mar es que estuviera en la isla antes que nosotros.

— ¡Eso es imposible! —se sorprendió Thomas.

—Esperaremos a que despierte y le preguntaremos quién es—propuso Michael—. Lo que sí es cierto es que ha estado a punto de morir ahogado; tendrá un buen motivo para explicar por qué andaba flotando.

Antes de continuar, Michael respiró profundamente:
—Chicos… otra cosa,  cuando seguí a lo que fuese por el bosque creí ver algo en aquel claro…

— ¿Qué viste? —preguntaron mientras se acercaban aún más.

—Será una tontería por el cansancio o por otras mil explicaciones, pero creí ver a mi hija en aquel bosque. Aquella sombra me extendió la mano y me miraba, pero desapareció a los pocos segundos.

—Creo que todos estamos muy alterados, Michael —dijo Steve—. Mejor deja de darle vueltas y concéntrate en dormir. Por la mañana daremos una batida hasta donde podamos de la isla para certificar que no hay ningún otro grupo de personas aquí. Thomas asintió y ambos se levantaron, dejando pensativo a Michael bajo su improvisada cabaña.
 
George se encontraba caminando por la orilla y decidió acercarse a Claire.
—Hola, guapa. ¿Ya te encuentras mejor? —dijo arrogante. 

—Preferiría estar sola —dijo sin inmutarse si quiera.

—A mandar preciosa, si necesitas un hombro donde llorar, ya sabes. —dijo alejándose de donde estaba ella tras guiñarle el ojo. Luego caminó hacia donde estaba Thomas.
—Hola, viejo Rambo. ¿Nuestro negrito invitado ha hablado o ha callado para siempre?

           —Aún no ha despertado, por la mañana nos encargaremos de que pueda hablar —dijo Thomas intentándose tumbar.

                —Me gustaría estar presente, no quiero parecer despreocupado del grupo. Soy un chico muy comprometido…

                —Sí, se te nota. Pero estate tranquilo, no eres el único que se preocupa por los demás, por eso todos estaremos alerta — dijo, dejando caer una leve indirecta.

                A la mañana siguiente, Michael se levantó. No había podido dormir. Eran demasiadas las cosas en las que pensaba: aquel hombre rescatado, la desconfianza que le generó George desde el roce que tuvieron en la barca, el misterio que poseía aquella isla, pero sobre todo, la visión de su hija. Para despejar la mente, decidió ver qué tal estaba el extraño hombre que encontraron el día anterior. Todavía seguía tumbado y parecía no haberse movido en toda la noche. De repente, ante la mirada de Michael, aquel hombre parpadeó hasta abrir completamente los ojos, y con cara desencajada gritó: ‘’¡Si no salimos de la isla, estamos todos muertos!’’.

miércoles, 1 de mayo de 2013

CAPÍTULO 1: Un Rumbo Desviado



Capítulo 1



               Dos días habían transcurrido desde que el transatlántico zarpó en Nueva York con rumbo fijo a las Bahamas. El Royal American era unos de los cruceros mejor preparados en seguridad y salvamento que tenía la Royal Line. Aquel día iba a ser fácil de recordar para todos los que se encontraban en ese barco. Desde hacía varias horas, habían entrado en una zona de  intensa marejada, y esta se acentuaba más y más cada milla que navegaban. Las olas llegaban a erguir el barco por completo y hundirlo entre las sacudidas de la marea. Horas después, el miedo y el pánico se apoderaron de todos los pasajeros y la tripulación. De repente, ante la mirada del capitán, el puente de mando junto con todas las demás salas del barco, quedaron sumidas en una completa oscuridad. Aquel apagón hizo que reinara el silencio en todo el barco en un instante. Todo el mundo permaneció inmóvil esperando a que el sistema se restableciera. Para sorpresa de la tripulación, ni los generadores de emergencia, ni los motores del buque continuaron su marcha.



El capitán mandó a un grupo de la tripulación a conectar los generadores manualmente y también que revisaran y aseguraran todos los compartimentos que se encontraban por debajo de la línea de flotación. Cuando los marineros pasaban por el pasillo principal que llevaba a la sala de maquinas, tan solo uno de ellos se percató de un extraño sonido procedente de uno de los camarotes de carga. Se separó de los demás, y mientras conectaba la linterna, se introdujo en uno de los estrechos pasillos por el cual, aquel sonido se iba acentuando con cada paso que daba. El resto obedeció al capitán, y consiguieron accionar la palanca del generador devolviendo la electricidad  y parte del control del buque a la sala de mando la que, una vez operativa, comenzó a emitir la alarma de emergencia. El buque corría peligro.



               El marinero llegó al final del pasillo y probó la manilla de la puerta, estaba atascada, pero desde fuera aún se escuchaba aquel intrigante estruendo. La golpeó con su cuerpo repetidas veces hasta que esta cedió, y observó, atónito, cómo una gran masa de agua se desplomaba sobre él entrando en el pasillo y en los compartimentos. La energía que tenían en el puente de mando era escasa y ni la radio ni el radar parecían funcionar. Aquel buque estaba hundiéndose a gran velocidad. El agua ocupaba lentamente todos los pasillos; mucha gente quedó atrapada en sus propios camarotes.



               Antes de que siguiera sumergiéndose e inclinándose poco a poco hacia proa, el capitán ordenó que todos los pasajeros subieran a cubierta. Comenzaron a bajar las balsas salvavidas las cuales contendrían solo a la mitad del pasaje. Cada una estaría gobernada al menos por un miembro de la tripulación con la intención de que no tomaran un mal rumbo una vez que navegaran a la deriva. Las mujeres y los niños ocupaban las primeras balsas, pero al ser el grupo más reducido, llenaron tan solo tres. En las otras embarcaron los rezagados y algunos de los pasajeros que se peleaban por una plaza.



               Una vez depositados en el océano, desde el bote número dos, los veinte pasajeros observaban, entre los llantos de un bebé que viajaba a bordo con su madre, cómo aquel barco se iba hundiendo y las demás balsas salvavidas quedaban a la deriva. Cuando llegó el ocaso de aquel día, todo había desaparecido en el horizonte, una corriente los había separado por completo arrastrándolos al profundo océano. El que gobernaba aquella pequeña embarcación que esperaba ser rescatada, encendió un farolillo que colgaba de proa e iluminó a todos los que estaban a bordo, dejando el resto del océano sumido en una profunda oscuridad. El bebé lloraba, y los pasajeros se miraban con cara de angustia, desolación y tristeza.



-Soy el primer oficial del Royal American -exclamó llamando la atención de todos-. Me llamo Steve McCauley, quería deciros que en cuanto salga el sol veremos más claras las cosas. Estas balsas llevan latas de conservas para mantenernos a todos aquí unos tres días. Pero os puedo asegurar que en estas aguas, antes nos habrán encontrado.


-Señor -interrumpió un pasajero-, me llamo Michael Craft, soy policía de Nueva York. He perdido a mi hija en ese barco, y creo que todos los que estamos en este bote necesitamos algo más que unas simples palabras de consolación… No creo equivocarme al decir que la corriente nos ha introducido aún más en el océano y mañana volveremos a levantarnos en medio de la nada mientras seguimos a la deriva…

- ¿Qué vamos a hacer entonces? -Dijo la mujer que sostenía al bebé-. Me llamo Lindsay Morrow y creo que estaremos de acuerdo en que si seguimos sin hacer nada nunca nos encontrarán. No puedo quedarme con mi bebé en mitad del océano- El primer oficial se llevó las manos a la cabeza.

           -En cuanto amanezca sabremos qué hacer, ahora creo que debemos descansar después de todo lo ocurrido…



Aquella noche fue sin duda la más larga para Michael Craft. Su hija de seis años quedó atrapada en los camarotes mientras el agua inundaba el primer piso. Cuando las alarmas saltaron, se percató de que no estaba a su lado, bajó a los camarotes y vio cómo la entrada estaba inundada; aquella masa de agua la había sepultado. Los demás tampoco presentaban buenas caras, muchos de ellos aún lloraban. Ver el amanecer parecía imposible. Uno de los pasajeros fue el primero en levantarse para observar el horizonte.



-¡Disculpe! -Interrumpió Michael a aquel señor que no tenía menos de sesenta- ¿Ha conseguido ver algo?

-Llámame Thomas. Sinceramente, nada de nada, y eso que uno tiene el cuerpo acostumbrado a madrugar, en el ejército se me quedaron muchas costumbres.

- ¿Es usted militar? -Preguntó.

-Joven, si pregunta si lo soy, la respuesta es no, pero si se refiere a si lo fui,  le diría que fui teniente del ejército de tierra, pero ahora soy un náufrago como usted señor Craft. Si me permite comentarle, he estado pensando que si remamos alrededor de unas siete millas a babor, calculo que conseguiremos salir de la corriente y al menos podríamos movernos en busca de tierra.



Pronto despertaría el oficial y el resto de los tripulantes. Todos actuaron tal y como el señor Thomas indicó y, efectivamente, el bote consiguió salir de aquella corriente. La tarde se echó encima en prácticamente poco tiempo y el cielo se tiñó de rojo anaranjado.

-No quiero verme otra vez en esa oscuridad -dijo una chica que había permanecido todo el rato tumbada desde que embarcó en el bote.

-¿Cómo te llamas? ¿Estás bien? -Preguntó Lindsay mientras mecía al bebé.

-Me llamo Claire. Mi madre…  -varias lágrimas resbalaron por su cara.

-Tranquila me tienes aquí, ven conmigo.

En ese momento, justo antes de que oscureciera por completo, Thomas gritó:

-¡Mirad, Mirad! -Señaló al horizonte-. Todos se agolparon tras él viendo como una gran isla aparecía ante ellos. Aunque oscura, podía diferenciarse una gran playa que se extendía lo que parecía ser algo más de unos cinco kilómetros. Las palmeras salían de aquel frondoso y salvaje bosque coronando la isla.

-Dejadme un momento -dijo Steve mientras sacaba un llavero que tenía una pequeña brújula en el extremo-. Está al noreste, aunque oscurezca mantendremos el rumbo fijo en esa dirección.

Mientras observaban aquel islote, todos dejaron caer una leve sonrisa, la primera desde el accidente. Todos sabían que esa era la única manera de poder sobrevivir.



Bien entrada la madrugada, Michael aguantaba el timón del bote en la dirección indicada en la brújula. Todos estaban tumbados: Lindsay hablaba con Claire, Thomas hablaba con Steve y el resto de pasajeros respiraban. Nadie conciliaba el sueño tras tanto ocurrido. Michael observó que uno de los pasajeros no había hablado con nadie y permanecía apartado de los demás. Tras varias miradas este se levantó acercándose a Michael.

-Hola señor agente. ¿Vamos en la dirección correcta?

-Creo que sí, aún seguimos rumbo al noreste.

-Te llevo observando desde hace un rato, novato. No creo que sepas mantener el rumbo. Déjamelo a mí -dijo mientras le quitaba el timón.

-¿Qué haces? -Exclamó Michael mientras lo apartaba de un empujón-. Vas a conseguir que nos desviemos.

-Hazte a la idea de que aquí ya no eres policía, y ahí donde estas vas a durar bien poco -dijo mientras sus miradas se volvían a cruzar con gesto enemistado.



Al amanecer, todos los pasajeros se hacían la misma pregunta, aquella con la que dejaban claro que las cosas no estaban saliendo tan bien como parecían: “¿Cómo es posible?”. La Isla había  desaparecido por completo ante ellos a pesar de haber mantenido el rumbo toda la noche. Todos intentaban buscar una explicación, cuando de repente Michael no pudo contenerse.

-Anoche aquel tipo forcejeó conmigo por coger el timón, no es de extrañar que nos haya desviado del rumbo.

-Para empezar, el ‘’tipo’’ tiene nombre. Me llamo George -Respondió en tono soberbio mientras aparecía entre la multitud-. Más probable veo que seas tú solo el que nos haya desviado… Un novato no tiene ni idea de cómo manejar un barco. ¿Te crees nuestro jefe? Amigo, hazte la idea de que no pienso seguir tus órdenes.



Thomas y el oficial quisieron calmar la situación en la balsa. Llevaban muchas horas a la deriva y tantas personas compartiendo un espacio tan pequeño empezaba a hacer mella en el estado de ánimo. Además de eso, aquellos pequeños metros que tenían vida humana en mitad del mar eran reinados por la desilusión de haber perdido la única oportunidad que habían tenido de abandonar el mar.


-Lo siento Steve, no debí dejar que ocurriera… No sé cómo pude variar el rumbo hasta perderla de vista -dijo Michael al primer oficial.

-No es culpa tuya. Las cosas aquí se magnifican y se hacen más difíciles.

-¿Por qué nos ha pasado esto?

-A menudo encontramos nuestro destino por los caminos que tomamos para evitarlo -añadió Thomas a la conversación mientras extendía las mantas para la noche-. Tomémonos esto como una prueba que hay que superar, señor Craft -Afirmó con seguridad el viejo militar mientras sonreía.



               Alrededor de la misma hora, cuando la noche comenzaba a imperar sobre el atardecer, aquella isla que apareció de la nada y desapareció inexplicablemente, volvió a presentarse ante la balsa y la mirada de todos sus  atónitos ocupantes. Esta vez estaba muy cerca de ellos y podrían alcanzarla. Pusieron rumbo a toda prisa para evitar que la oscuridad los volviera a cegar. Media hora después, aquel bote quedó encallado en la arena para sorpresa de todos. Cuando los veinte supervivientes del Royal American pusieron sus pies en tierra firme con la alegría de haber superado la prueba, aún desconocían lo que les guardaba el interior de la isla.