Capítulo 2
Comenzaron a sacar las pocas
latas que quedaban aún dentro de la balsa. Era una comida segura que los
alimentaría el primer día mientras investigaban la playa y parte de aquel
bosque. La noche aún se cernía sobre ellos.
—¿Ya está todo? —Preguntó
Michael a Thomas cuando habían terminado de sacar todas las latas del bote—
Bien, esperaremos al amanecer, ahora sí tendremos posibilidades. Mientras
estemos en la playa podremos ser vistos por algún avión o algún barco que pase
cerca. Steve, Thomas, entremos a la selva a buscar algo de leña para hacer una
hoguera. Los demás permaneced aquí.
—Sí, claro para que te lleves tú
los méritos ¿verdad, jefe? —Interrumpió George— Iré con vosotros, no pienso
quedarme en la playa.
Ataron unas camisetas a unos
leños que había en la playa y con ello hicieron dos antorchas. Ya internados en
el bosque, poco a poco la playa iba desapareciendo a sus espaldas y comenzaron
a escuchar todo tipo de sonidos que albergaba el bosque.
—Espero que luego sepamos volver
de donde nos estemos metiendo —dijo Steve mientras apuntaba con la antorcha a
un lado y a otro.
—Tranquilo, todo está controlado
—respondió Thomas.
Ya hacía diez minutos que habían
dejado la playa tras ellos y ya tenían los suficientes materiales para hacer la
hoguera, cuando de repente, algo llamó la atención de los cuatro exploradores.
Parecía como si alguien en aquel bosque les persiguiera desde hacía largo rato.
Michael mandó a callar en un gesto de silencio. Adelantándose, se acercó al
sitio de donde había surgido aquel ruido, apuntó con la antorcha a aquellos
matorrales y, de repente, aquella cosa comenzó a correr hacia el interior del
bosque. Sin pensarlo, Michael empezó a seguirlo.
— ¿Dónde vas? —gritaron los demás
mientras veían cómo se perdía en el interior del bosque. Michael no respondió,
y continuó con su carrera.
Cuando llegó a un claro ya
estaba agotado de la persecución y al parecer aquella cosa había sido más
rápida que él. Levantó la cabeza mientras se secaba el sudor de la frente. Vio la
silueta de una niña frente a él a unos metros de distancia. Pudo reconocer su
pelo, rubio como los salientes del sol, sus ojos verdes, iguales que su madre,
y hasta la ropa que llevaba la última vez que la vio: ese vestido naranja que
tanto le gustaba a ella. No había ninguna duda: era su hija. A Michael se le
heló la sangre. Aquella silueta extendió la mano y, cuando Michael quiso hacer
lo mismo hacia ella, se desvaneció.
— ¿Qué haces aquí? —dijeron los
demás entre jadeos.
—Nada, volvemos al campamento — Ordenó
Michael, aún exhausto mirando en los alrededores del bosque.
La mañana permitió a todos los
supervivientes organizar las cosas en la playa. Algunos ya habían comenzado a
construirse con maderas y hojas cabañas para poder dormir las noches venideras hasta
ser rescatados. Otros habían conseguido pescar algo para la comida y habían
recogido algo de fruta de la isla. El fuego que habían encendido no se apagaba
ni durante las horas del día, todo era poco para intentar ser vistos por
cualquier barco o avión que circulara por la zona.
—Michael, pareces preocupado ¿Ha
pasado algo? —dijo Lindsay mientras se acercaba con su bebé a la zona donde el
policía tenía sus cosas.
—No te preocupes, estoy bien,
solamente cansado, nada más…
—Estás realizando mucho esfuerzo
por nosotros. Descansa, te vendrá bien. Aquí hay mucha gente que ayuda por los
demás. George, por ejemplo, ha construido dos cabañas bien grandes, en las que
hemos calculado que pueden dormir cuatro o cinco personas.
—No me fío de George. Habrá que
mantenerle vigilado…
En ese momento, algunos desde la
isla empezaron a gritar. Michael se levantó al instante y vio como todos se
acercaban a la orilla. Al acercarse, observó cómo había un cuerpo flotando en
el agua. Lo sacaron a la orilla, pudiendo comprobar que estaba completamente
inconsciente.
—Está vivo —dijo Michael tras
comprobarle el pulso—. ¿Hay algún médico?
Todos se miraban esperando a que
alguien levantara la mano.
—Déjame a mi —Exclamó Lindsay
acercándose al cuerpo—. Soy enfermera, y conozco primeros auxilios.
Lindsay le realizó varios
masajes cardiacos a aquel hombre de raza negra, que comenzó a respirar poco a
poco, expulsando toda el agua que había ingerido. En ese momento se desvaneció
nuevamente.
—Necesita descansar, llevémoslo
a la playa y pongámoslo a salvo —dijo Michael. Sin embargo, horas después aquel
individuo seguía tumbado en la misma postura en la que lo dejaron.
Comenzaba a hacerse de noche y
muchos hablaban de aquel extraño que había aparecido de la nada. Michael, en
cambio, aún seguía pensando en la extraña visión que había tenido en el bosque.
Por un instante pudo ver a su hija Amy antes de que se desvaneciera. La idea de
que todavía estuviera viva y, por tanto, de poder salvarla, le rondaba la
cabeza, pero su sentido común sabía que no podía haber sobrevivido al
hundimiento y que la visión no era más que una secuela de todo lo vivido.
— ¿Quién será ese tipo? — Preguntaba
Steve mientras se sentaba junto a Michael y Thomas.
—Hemos pensado que será algún
superviviente del naufragio —añadió Thomas.
—Es imposible, el barco lo
dejamos a cientos de millas de donde estamos ahora. Es impensable que una
persona haya sobrevivido noche y día flotando en el mar.
—Entonces, ¿qué sugieres que ha
pasado? —preguntó Michael a Steve.
—Según lo que puedo saber, la
única posibilidad de que haya sobrevivido al hecho de flotar en el mar es que
estuviera en la isla antes que nosotros.
— ¡Eso es imposible! —se
sorprendió Thomas.
—Esperaremos a que despierte y
le preguntaremos quién es—propuso Michael—. Lo que sí es cierto es que ha estado
a punto de morir ahogado; tendrá un buen motivo para explicar por qué andaba
flotando.
Antes de continuar, Michael
respiró profundamente:
—Chicos… otra cosa, cuando seguí a lo que fuese por el bosque
creí ver algo en aquel claro…
— ¿Qué viste? —preguntaron
mientras se acercaban aún más.
—Será una tontería por el
cansancio o por otras mil explicaciones, pero creí ver a mi hija en aquel
bosque. Aquella sombra me extendió la mano y me miraba, pero desapareció a los
pocos segundos.
—Creo que todos estamos muy
alterados, Michael —dijo Steve—. Mejor deja de darle vueltas y concéntrate en
dormir. Por la mañana daremos una batida hasta donde podamos de la isla para
certificar que no hay ningún otro grupo de personas aquí. Thomas asintió y ambos se
levantaron, dejando pensativo a Michael bajo su improvisada cabaña.
George se encontraba caminando
por la orilla y decidió acercarse a Claire.
—Hola, guapa. ¿Ya te encuentras
mejor? —dijo arrogante.
—Preferiría estar sola —dijo sin
inmutarse si quiera.
—A mandar preciosa, si necesitas
un hombro donde llorar, ya sabes. —dijo alejándose de donde estaba ella tras
guiñarle el ojo. Luego caminó hacia donde estaba Thomas.
—Hola, viejo Rambo. ¿Nuestro negrito
invitado ha hablado o ha callado para siempre?
—Aún
no ha despertado, por la mañana nos encargaremos de que pueda hablar —dijo
Thomas intentándose tumbar.
—Me
gustaría estar presente, no quiero parecer despreocupado del grupo. Soy un
chico muy comprometido…
—Sí,
se te nota. Pero estate tranquilo, no eres el único que se preocupa por los
demás, por eso todos estaremos alerta — dijo, dejando caer una leve indirecta.
A
la mañana siguiente, Michael se levantó. No había podido dormir. Eran demasiadas
las cosas en las que pensaba: aquel hombre rescatado, la desconfianza que le
generó George desde el roce que tuvieron en la barca, el misterio que poseía
aquella isla, pero sobre todo, la visión de su hija. Para despejar la mente,
decidió ver qué tal estaba el extraño hombre que encontraron el día anterior.
Todavía seguía tumbado y parecía no haberse movido en toda la noche. De repente,
ante la mirada de Michael, aquel hombre parpadeó hasta abrir completamente los
ojos, y con cara desencajada gritó: ‘’¡Si no salimos de la isla, estamos todos
muertos!’’.