CAPÍTULO 3
Me
llamo Daniel Johnson, tengo veinticuatro años, y soy licenciado en periodismo.
Nací en un pequeño pueblo cerca de California, aunque hace mucho que no vivo
allí. Trabajo para el periódico USA Today, el cual me mandó a realizar un
reportaje sobre el famoso y exitoso crucero Royal American, ya que tengo cierta
experiencia en reportajes de viajes. Junto a mí, viajaba mi amigo David, experto
en economía, quien me iba a ayudar con el tema de los gastos e ingresos que
tenía el barco.
Sin embargo hace
menos de una semana debido algunos problemas los cuales, a día de hoy siguen
siendo un misterio, provocaron que aquel majestuoso barco se hundiera. Cuando
todas las alarmas saltaron corrí para tener sitio en alguna de las balsas salvavidas
que estaban organizando con la esperanza de poder salir vivo de allí y poder
así, con la ayuda de David, contar lo ocurrido.
Pude ver cómo él
embarcó en una de las balsas, y cómo se alejaban poco a poco del barco que se
iba hundiendo conmigo aun abordo. Finalmente, conseguí un hueco en una de
ellas, con la esperanza de volver a verle y poder contar a los estadounidenses
lo ocurrido.
La corriente
alejó nuestra balsa. Nos quedamos solos en mitad de la nada. Yo me dedicaba a
visualizar todo lo que ocurría a mí alrededor: un policía que quería llevarnos
a una isla que apareció ante nosotros, una mujer con un bebé que no paraba de
llorar, un hombre solitario y bastante pensativo… Yo lo único que deseaba en
ese instante era un bolígrafo para apuntar todo lo que veía, pues el mío lo había
perdido dentro del Royal American. Eso sí, la libreta siempre la llevo encima.
Han pasado tres,
o cuatro días, no lo sé bien, pues he perdido completamente la noción del tiempo.
La gente se ayuda los unos a los otros: construimos cabañas, pescamos,
aprovechamos todo lo que encontramos… Yo sigo sin perder la esperanza de que mi
amigo David nos encuentre.
Ayer por la tarde
apareció un hombre casi ahogado de raza negra, calculo que de unos treinta y
cinco años de edad, con una camiseta sin mangas de color blanca, aunque
bastante ennegrecida. Sus pantalones estaban llenos de agujeros con muchas
heridas. No llevaba calzado, y las uñas de los pies parecía que llevara meses
sin cortárselas.
Una de las pocas cosas buenas que me han
ocurrido ha sido que uno de los supervivientes, George, me ha regalado el
bolígrafo con el que escribo esto. Aquel tipo despertó esta mañana, por lo que
sé, solo dijo una frase: “Si no salimos de la isla, estamos todos muertos”.
Tras esto, el hombre empezó a dar gritos, y a mirarnos con cara de pocos
amigos, hasta que Michael, el policía que antes mencioné, lo calmó y le dejó
que volviera a descansar. Ahora este náufrago se ha vuelto a despertar. Parece
más calmado, aunque nos sigue mirando con cierto odio, cosa que aun no alcanzo
a entender puesto que le hemos salvado la vida…
—Me llamo
Jack Rivers. Cuando llegué aquí tenía treinta y cuatro años, ahora seguramente treinta
y cinco, pues llevo aquí casi un año perdido en esta isla. Trabajaba como
contable en la empresa de mi padre. Yo iba en un lujoso crucero con mi mujer y
mi hija, estábamos de vacaciones, las primeras que tenía en toda mi vida. Pero
el barco tuvo una extraña avería y naufragó, mi familia no pudo salvarse. Yo aun
no sé cómo pude meterme en una de las balsas, pero perdimos el rumbo y desembarcamos
en esta isla.
—¿Por qué antes has dicho que
vamos a morir todos? —Preguntó Michael.
— No tengáis esperanzas de que
alguien venga a rescataros, pues en un año
no ha pasado
ni un solo avión, ni barco, ni he visto posibilidad de salir. No sé dónde
estamos exactamente, pero podéis estar seguros de que nadie sabe que estamos
aquí.
—¿Y qué debemos hacer? ¾Volvió a
preguntar Michael.
—Puedo enseñaros algo, pero el
cruzar la selva es algo que será peligroso. Habría que viajar al otro lado de
la isla. Con mi ayuda quizás podremos alcanzar la otra orilla, he aprendido
mucho y conozco el bosque como la palma de mi mano, pero por ello os digo que
el peligro nos acechará en cada esquina.
—¿Y qué tenemos que hacer una vez
que lleguemos a la otra orilla? —Insistía Michael.
—Lo primero que debéis de asumir
es que sois muchos y no todos llegaremos con vida, nos esperan al menos tres
días de viaje.
— ¿Has
estado solo todo este tiempo?
—Mis
compañeros me traicionaron. No sé en qué momento deje de serles útil, así que
me golpearon y me arrojaron al mar. La corriente al parecer me ha traído hasta aquí,
pero algo he aprendido —Dijo mirando algo desafiante— Esta vez
seré yo el primero en salir de esta isla.
—Tranquilo —Dijo Thomas—. Prometo
que serás el primero siempre que les ayudes, a mí tener billete de vuelta no me
importa, ya soy un viejo que no tiene mucho que ofrecer.
—No diga eso —le reprochó
Steve.
— Sea como sea, Jack Rivers, serás
nuestro guía para salir de aquí.
—Está bien. ¡Atención!—Exclamó
Michael mirando a todos los supervivientes—. Vayan recogiendo las cosas,
mañana por la mañana saldremos de aquí a primera hora. Hay que descansar, nos
espera una larga travesía, solo Dios sabe qué cosas nos podemos encontrar. Es
muy importante ayudarse los unos a los otros, como llevamos haciendo estos
días.
Yo
estaba al lado de George cuando Michael terminó esas palabras. Por su cara,
aquel discurso no le hacía mucha gracia. Me miró en ese instante y me susurró:
“Si ese novato cree que puede darnos órdenes, mal empezamos”. Por un momento, le
comprendí.
Todos pasaron la noche a la luz del
fuego. Jack les había enseñado algunos trucos como pescar con las manos, o
incluso qué hojas podían comer y cuáles no. Aquel miedo parecía tener al
principio lo había dejado atrás. El resto parecía estar más contentos sabiendo
que al menos, había algo de esperanza. Algunos aun seguían decepcionados y algo
tristes por todo lo ocurrido, pero la idea de la aventura y posterior rescate,
tuvo buena acogida. Michael, en cambio, parecía bastante más callado de lo
habitual, estaba muy pensativo, cabizbajo y sin ganas de celebrar la noticia.
—¿Te encuentras bien?—Dijo Claire sentándose
a su lado.
— La verdad es que no mucho, ayer
por la tarde vi algo que todavía aun me quita el sueño. Vi a mi hija, Claire, pude
reconocerla, aun tenía hasta la ropa que llevaba la última vez que la vi.
—Todos estamos asustados Michael,
pero debes pensar que todo esto acabará pronto.
—Pero aun pienso si seguirá viva o
no. Mi hija era lo único que me quedaba. Mi mujer murió fue asesinada y por
mucho que investigué nunca pude dar con su asesino…
—Mi madre —Claire miró
hacia abajo, dejando que inevitablemente se le escaparan un par de lágrimas—, mi madre
murió también en el crucero. No sé qué le pasó, pero cuando todo ocurrió la
encontré tirada en cubierta, al parecer estaba muerta cuando de repente unos marineros
me sujetaron y me metieron en la balsa. Jamás olvidaré esa imagen, es lo peor
que veré en toda mi vida. No me dio tiempo si quiera a comprobar si aun vivía o
no, a lo mejor podía haberla salvado. Al fin y al cabo ambos conservamos la
misma esperanza de que los que queremos sigan vivos.
Es
de madrugada. Apenas puedo dormir pensando lo que nos deparará la selva. El
reportaje ha pasado de ser sobre el Royal American, a ser una novela de
aventuras. No soy el único que no puede conciliar el sueño, George, uno de mis
dos compañeros en la cabaña, esta igual que yo.
—Mi querido
periodista, ¿qué tal te va el bolígrafo?
—Genial George. Gracias a ti, en
cuanto salgamos de la isla, con este reportaje me podre comprar un coche
nuevo—Dijo Daniel bromeando.
—¿Aún crees que vamos a salir de
la isla?
— Sigo teniendo esperanza.
—A mí nada me espera nadie ahí
fuera. Te confesaré algo querido amigo, pero tienes que prometerme que no lo
publicarás en tu reportaje. Yo no viajaba en el crucero, me colé en él por
asuntos de trabajo, digamos que mi ‘’empresa’’ me quiere despedir. Me monté en
el barco con la intención de alejarme del mundo. Y veo que lo he conseguido.
—¿Y qué ocurrirá si salimos?
—Prefiero no pensar en ello—Añadió
cortando la conversación.
En otra de las cabañas, Michael
hablaba con Jack.
—Puedes
quedarte esta noche con nosotros. Hay suficiente espacio para uno más.
—Gracias, pero
estoy más que acostumbrado a dormir con el aire fresco de las noches de la
isla.
—Como
quieras. Pero antes quiero preguntarte una cosa, ahora que Steve y Thomas están
dormidos. Ayer por la tarde, antes de que te encontráramos, vi la silueta de mi
hija. No era ella en persona, era como… como un fantasma. Quise tocarla, pero
se desvaneció. ¿Te ha ocurrido algo parecido?
—Amigo
Michael, llevo un año en esta isla, y todavía sigo descubriendo cosas inexplicables
sobre ella. No tengo ni idea de qué puede ser, pero lo investigaremos.
—Muchas
gracias. Si te arrepintieras de dormir fuera vuelve cuando quieras.
Así transcurrió
la noche, unos con la esperanza de volver a casa en poco tiempo y otros con
cierto interés de que eso no ocurriera. Pero todos tenían algo en común, no
sabían lo que la isla le tenía guardado para ellos.
A la mañana
siguiente, un murmullo despertó a Michael muy temprano. Levantó a Thomas y a
Steve percatándose de que su pistola, la única arma que poseían los
supervivientes, había desaparecido. Ninguno sabía dónde estaba. Los tres
salieron fuera de la cabaña a toda prisa, pero no fueron los primeros.
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